La película que tienes que ver para entender el deseo y la pérdida
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Un relato donde el cuerpo habla cuando las palabras ya no alcanzan y el amor se convierte en memoria.

Hablar de Lucía y el sexo es hablar de una película que nunca se ha quedado quieta en el tiempo. Estrenada a comienzos de los años 2000 y dirigida por Julio Medem, esta obra se instaló rápidamente en la conversación cultural por su tratamiento frontal del erotismo, aunque reducirla solo a eso sería quedarse en la superficie. Vista hoy, la película se revela como algo más profundo y más doloroso: una reflexión íntima sobre el deseo cuando el amor se rompe y la pérdida deja un vacío imposible de nombrar.

La historia sigue a Lucía, interpretada por Paz Vega, una mujer que huye hacia una isla tras la desaparición de su pareja, un escritor atrapado entre la ficción y su propia vida. Ese desplazamiento físico no es casual: el viaje funciona como un intento de reconstrucción emocional, una forma de poner distancia entre el dolor y la memoria. En ese espacio aislado, el cuerpo se convierte en lenguaje y el sexo en una manera de seguir existiendo cuando todo lo demás parece derrumbarse.

Uno de los grandes aciertos de Lucía y el sexo está en su manera de entender el erotismo. Aquí no hay provocación vacía ni escenas pensadas solo para impactar. El deseo aparece como algo frágil, contradictorio y profundamente humano. Los cuerpos se muestran sin cinismo, atravesados por la necesidad de contacto, por la curiosidad y también por la culpa. Medem filma el sexo como una extensión de la emoción, no como un espectáculo desligado del relato.

Al mismo tiempo, la película propone una reflexión constante sobre el poder de las historias. El personaje del escritor encarna esa frontera difusa entre realidad y ficción, donde escribir puede ser una forma de ordenar el mundo o de manipularlo. En Lucía y el sexo, los personajes se refugian en los relatos que inventan, aunque esos relatos terminen por herir a quienes los rodean. La narración no es un acto inocente: tiene consecuencias, moldea recuerdos y altera vidas.

Vista desde el presente, la película dialoga de manera distinta con el espectador. Algunas de sus decisiones formales y narrativas hoy se observan con más distancia crítica, aunque su honestidad emocional sigue intacta. Lucía y el sexo no ofrece respuestas claras ni moralejas cerradas. Prefiere moverse en la ambigüedad, en los silencios y en las repeticiones que acompañan al duelo. Esa incomodidad es parte de su fuerza.

Más que una historia de amor o una película erótica, Lucía y el sexo es un retrato del deseo como respuesta a la pérdida. Del cuerpo como territorio donde se inscribe la ausencia. Su vigencia no radica en el escándalo que alguna vez generó, sino en su capacidad para capturar una experiencia universal: la necesidad de tocar, de sentir y de narrar cuando lo que se ama ya no está.

Para quienes buscan una película que incomode, conmueva y deje preguntas abiertas, esta obra sigue siendo una parada obligatoria. No porque explique el deseo, sino porque lo muestra en toda su contradicción. Y porque entiende que, a veces, perder también es una forma dolorosa de seguir adelante.

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