Milo Callaghan y 'The Rainmaker': “El problema de creer solo en el blanco y negro es que el mundo no funciona así”
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

El actor habla sobre moral, vínculos y las zonas grises que atraviesan 'The Rainmaker', la nueva serie de Universal+.

Milo Callaghan no responde como quien está promocionando una serie, sino como alguien que todavía está intentando entenderla. Se detiene, vuelve sobre sus ideas, corrige el rumbo de sus propias frases. No hay respuestas cerradas ni discursos aprendidos. Lo que hay es una inquietud persistente que atraviesa su lectura de The Rainmaker: la sospecha de que aferrarse demasiado a una idea rígida de lo correcto puede terminar siendo una forma de equivocarse.

Esa tensión define a Rudy Baylor, el joven abogado que Callaghan interpreta en la adaptación televisiva de la novela de John Grisham que se estrena este 30 de enero en Universal+. Rudy llega al sistema legal con una estructura moral firme, casi innegociable. Lo que la serie pone en juego —y lo que el actor parece seguir procesando— es el momento en que esa estructura empieza a fallar.

Cuando recuerda por qué aceptó el proyecto, Callaghan no señala un solo factor. Habla del personaje, del universo narrativo que construyó Michael Seitzman a partir del libro original y del equipo humano que rodeaba la serie. Pero hay una frase que resume mejor su decisión: “Fue sobre con quién iba a trabajar, en qué íbamos a trabajar y en quién me iba a convertir durante el proceso”.

Ese “convertirse” no es una idea abstracta. Durante meses, el actor convivió con un dilema ético que atraviesa toda la temporada: ¿qué pasa cuando los valores con los que uno ha crecido dejan de ofrecer respuestas claras? Para Callaghan, The Rainmaker no es solo un drama judicial, sino una historia sobre el desgaste de las certezas.

“El sistema legal funciona en blanco y negro”, explica. “Pero el mundo real es completamente gris”. Desde esa contradicción se construye el arco de Rudy Baylor: un personaje que entra convencido de que la justicia es una línea recta y descubre, progresivamente, que esa línea se quiebra frente a intereses, relaciones y decisiones que no admiten pureza moral.

Rudy no pierde sus valores; los ve tensionarse. Aprende que insistir en una lectura absoluta de lo correcto puede impedir que las cosas avancen. “Tiene que aceptar otros sistemas de valores”, dice Callaghan, “incluso cuando entran en conflicto con las leyes que él había fijado en su mente como justas e inamovibles”.

Esa idea se refleja, de manera casi inadvertida, en la forma misma en que se hizo la serie. Callaghan traza un paralelismo entre el recorrido de su personaje y la experiencia colectiva de producir televisión. The Rainmaker es el resultado de cientos de decisiones compartidas, jerarquías, concesiones y actos de confianza. “Si todos llegáramos al set aferrados únicamente a nuestra idea de lo correcto, la serie no existiría”, afirma. “Sería imposible”.

El componente humano no es un subtexto: es la estructura emocional del relato. Algo que se percibe con claridad en la relación entre Rudy y su mejor amigo, interpretado por P.J. Byrne. Lejos de construirse desde el artificio, esa cercanía nace de un vínculo real. “Nos queríamos de verdad”, dice Callaghan sin rodeos. “Pasábamos todo el tiempo juntos. Lo único que hicimos fue llevar eso a la pantalla”.

Esa naturalidad se convierte en uno de los puntos más sólidos de la serie, especialmente cuando los personajes dejan de ser solo colegas y comienzan a comportarse como una familia improvisada, atravesada por lealtades y fricciones reales. Ahí, The Rainmaker se aleja definitivamente del drama procedimental para instalarse en un terreno más humano y reconocible.

Al mirar su trayectoria, Callaghan define la serie como una confirmación y una apertura al mismo tiempo. Confirmación del nivel de exigencia y del tipo de historias que quiere seguir explorando; apertura hacia una etapa en la que el trabajo colectivo pesa tanto como el individual. La confirmación de una segunda temporada refuerza esa idea de continuidad, pero también de pertenencia a un grupo creativo que quiere seguir pensando junto.

Habla con especial respeto del esfuerzo que implica una producción de este tamaño: equipos técnicos, actores y trabajadores que suspenden su vida cotidiana durante meses para intentar construir algo que, con suerte, conecte con alguien al otro lado de la pantalla. “Eso nunca deja de impresionarme”, dice.

Por eso, cuando se le pregunta qué encontrará el espectador que llegue a The Rainmaker esperando un thriller legal, su respuesta no apunta a la trama ni a los giros narrativos. Apunta a las preguntas que quedan flotando. “La gente va a cuestionarse qué es lo correcto y qué no”, explica. “Si lo incorrecto puede ser correcto. Si realmente podemos juzgar a otros desde estándares morales absolutos”.

Más que ofrecer respuestas, la serie propone un espejo incómodo. Uno en el que no solo se observan los personajes, sino también las propias convicciones. Y quizás ahí esté su mayor acierto: en obligar al espectador a aceptar que el mundo, como la justicia y como Rudy Baylor, rara vez se deja ordenar en blanco y negro.

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