A primera vista, The Deuce: Las crónicas de Times Square podría parecer una serie diseñada para escandalizar. Sexo explícito, prostitución, pornografía y la Nueva York más sórdida de los años 70 parecen ingredientes suficientes para una provocación fácil. Sin embargo, basta avanzar algunos episodios para entender que la serie creada por David Simon y George Pelecanos está jugando en otra liga. The Deuce no busca excitar ni moralizar: su verdadero interés está en mostrar cómo nace una industria cuando el deseo se convierte en mercancía.
Ambientada en un Times Square muy distinto al actual, la serie retrata una ciudad en crisis económica, abandonada por las instituciones y sostenida por economías paralelas. En ese ecosistema emergen la prostitución callejera y, poco a poco, el cine porno como negocio organizado. Pero el sexo nunca es el centro del relato. Es, más bien, el punto de entrada para hablar de poder, explotación, capitalismo y supervivencia.
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David Simon, fiel a la mirada que ya desplegó en The Wire y Treme, observa el sistema sin glamour ni juicios morales. Aquí no hay héroes ni villanos absolutos, solo personajes atrapados en estructuras que los superan. La serie entiende que la industria para adultos no surge del libertinaje, sino de una combinación precisa: necesidad económica, vacío legal y ambición empresarial.
Uno de los grandes aciertos de The Deuce es la profundidad con la que están escritos sus personajes femeninos. Lejos de ser figuras decorativas o víctimas pasivas, las mujeres son agentes activos dentro del relato. El arco de Candy, interpretada por Maggie Gyllenhaal, es especialmente revelador: su tránsito de trabajadora sexual a directora de cine porno no se presenta como una historia de empoderamiento simplista, sino como una negociación constante con un sistema que sigue estando controlado por hombres. Es uno de los retratos más complejos y honestos que ha dado la televisión sobre el costo de la autonomía.
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James Franco, en un doble papel como los hermanos Vincent y Frankie Martino, encarna dos formas de habitar el mismo mundo. Uno intenta integrarse al sistema desde la legalidad; el otro se hunde en la marginalidad y el exceso. Más que un truco actoral, esta dualidad funciona como una metáfora clara: no importa desde dónde se participe, el sistema termina cobrando su precio.
Con el paso de las temporadas, The Deuce deja de centrarse únicamente en la calle y se desplaza hacia la formalización de la industria pornográfica. Ese movimiento es clave, porque revela cómo lo que nació en los márgenes termina institucionalizándose, repitiendo las mismas lógicas de explotación que prometía superar. En ese sentido, la serie dialoga de forma directa con debates actuales sobre plataformas digitales, precarización laboral y control del contenido.
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Hoy, vista en perspectiva, The Deuce resulta incluso más pertinente que en el momento de su estreno. Su retrato del “progreso” como una fuerza ambigua —capaz de generar oportunidades, pero también nuevas formas de abuso— resuena con una claridad inquietante. La serie no ofrece lecciones ni redenciones, solo una mirada honesta sobre cómo funcionan las industrias cuando el mercado se impone sobre las personas.
The Deuce es una de esas series que no buscan gustar a todos. Exige atención, incomoda y rehúye el sensacionalismo. Precisamente por eso se sostiene como una de las propuestas más adultas y lúcidas de la televisión reciente: una crónica sin filtros de un mundo que, nos guste o no, ayudó a moldear la cultura contemporánea.