Cuando Baby llegó a Netflix, la conversación se activó de inmediato alrededor de una sola palabra: escándalo. No era para menos. La serie se inspira libremente en el caso conocido como Baby Squillo, un episodio real que sacudió a Italia a mediados de la década pasada y que involucró a adolescentes de familias acomodadas de Roma y una red de prostitución de lujo. Sin embargo, reducir Baby a su punto de partida sería injusto. La serie no busca reconstruir los hechos ni recrear el morbo, sino usar ese material como detonante para una reflexión mucho más incómoda.
Lo que Baby pone en escena no es tanto el acto en sí, sino el contexto que lo permite. Sus protagonistas viven rodeadas de privilegios materiales: colegios exclusivos, casas impecables, acceso a todo lo que el dinero puede comprar. Y, aun así, están profundamente solas. Padres ausentes, madres emocionalmente distantes y un sistema adulto que observa sin ver construyen el caldo de cultivo perfecto para esa doble vida que da sentido al relato.
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La serie funciona desde esa tensión constante entre dos mundos. De día, las protagonistas son estudiantes ejemplares, hijas correctas, piezas funcionales de una élite que se protege a sí misma. De noche, se desplazan por un universo clandestino que les ofrece algo que no encuentran en casa: atención, validación, una sensación —aunque sea ilusoria— de control sobre sus propias decisiones. Baby no justifica ni condena; observa, y en esa observación radica su fuerza.
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Uno de los aspectos más comentados fue su estética. Roma aparece despojada del romanticismo habitual para convertirse en un escenario frío, elegante y asfixiante. La fotografía pulida, casi publicitaria, refuerza esa idea de perfección superficial que oculta grietas profundas. Todo luce impecable, pero nada está realmente en su lugar. Es una elección consciente que incomoda más de lo que seduce.
La recepción crítica fue tan polarizada como predecible. Hubo quienes acusaron a la serie de romantizar situaciones problemáticas y quienes defendieron su enfoque como una crítica directa a la hipocresía adulta y al abandono emocional. En el centro del debate quedó una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los adultos, las instituciones y las estructuras de poder son responsables de las decisiones de estas adolescentes?
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Baby no ofrece respuestas fáciles. Tampoco pretende convertirse en una serie moralizante. Su apuesta es otra: mostrar cómo el privilegio puede ser una forma silenciosa de abandono, y cómo la élite —tan rápida para juzgar— suele ser experta en ocultar sus propias fallas.
Con el paso del tiempo, la serie se ha consolidado como una de las producciones italianas más provocadoras del catálogo de Netflix. No por lo que muestra, sino por lo que obliga a pensar. Baby es incómoda, deliberadamente ambigua y, en muchos sentidos, más honesta de lo que parece. Una ficción que utiliza un escándalo real no para explotarlo, sino para revelar las grietas de un mundo que prefiere mirar hacia otro lado.