Si te gusta el humor negro sobre la política, revisa esta sátira bélica para reírte del fin del mundo como nunca antes
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Una comedia feroz que convierte la catástrofe global en carcajada y deja al descubierto el absurdo del poder.

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Hay películas que envejecen con dignidad y otras que, con el paso del tiempo, se vuelven todavía más inquietantes. Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, estrenada en 1964, pertenece a esta última categoría. Stanley Kubrick entendió que el mayor terror no estaba en la bomba nuclear en sí, sino en las personas encargadas de decidir si debía usarse. Por eso optó por el camino más incómodo de todos: convertir el posible fin del mundo en una comedia. Reírse no para aliviar el horror, sino para exponerlo con mayor claridad.

Ambientada en plena Guerra Fría, la película narra una cadena de decisiones absurdas que podrían desencadenar un holocausto nuclear. Pero Kubrick no está interesado en la tensión heroica ni en la épica militar. Aquí no hay salvadores ni gestos nobles, solo hombres convencidos de su propia genialidad, atrapados en sistemas burocráticos que funcionan por inercia. El humor negro surge precisamente de esa lógica implacable: cuando la catástrofe depende de protocolos mal diseñados y egos desbordados, la risa se vuelve un mecanismo de defensa.

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Uno de los grandes aciertos de Dr. Strangelove es el uso magistral de Peter Sellers, quien interpreta varios personajes clave. No se trata de un simple despliegue actoral, sino de una decisión profundamente política: el mismo rostro encarnando distintas figuras del poder, todas igual de ridículas y peligrosas. Desde el presidente dubitativo hasta el científico obsesionado con la destrucción, Sellers convierte la multiplicidad de roles en un comentario mordaz sobre la incompetencia institucional.

Kubrick desmonta el cine bélico tradicional desde sus cimientos. En lugar de glorificar la guerra, la reduce a una farsa burocrática donde nadie parece tener control real sobre lo que ocurre. Las salas de guerra se convierten en espacios teatrales, los generales en caricaturas grotescas y las decisiones más trascendentales en discusiones infantiles. El resultado es una sátira que no necesita subrayar su mensaje: basta con observar cómo el sistema avanza hacia el desastre con una sonrisa en el rostro.

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Más de seis décadas después de su estreno, Dr. Strangelove sigue siendo incómodamente vigente. No porque el mundo sea idéntico al de 1964, sino porque el absurdo del poder, la paranoia política y la distancia entre quienes deciden y quienes pagan las consecuencias continúan intactos. Reírse del fin del mundo, como propone Kubrick, no es un gesto frívolo: es una forma lúcida de señalar que el verdadero peligro nunca fue la bomba, sino la mano que cree saber cuándo y cómo usarla.

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