A medida que se acerca el estreno de Avatar: Fuego y ceniza, Sigourney Weaver vuelve a ocupar el centro de la conversación no por nostalgia, sino por vigencia. Con casi cinco décadas de carrera, una filmografía que incluye títulos fundamentales del cine moderno y una relación creativa prolongada con James Cameron, la actriz habla del proyecto con la tranquilidad de quien ha aprendido a confiar en procesos que parecen imposibles hasta que dejan de serlo.
En una reciente conversación con Vanity Fair, Weaver admite que todavía no ha visto el montaje final de la película. No lo dice con preocupación, sino con una familiaridad casi cómplice: sabe que Cameron trabaja hasta el último minuto y que apostar contra él nunca ha sido una buena idea. “Nunca apuestes contra Jim Cameron, porque perderás hasta la camisa”, comenta entre risas, subrayando el carácter obsesivo y visionario del director, capaz de crear tecnología desde cero si eso le permite ir un paso más allá.
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La actriz recuerda sus primeras impresiones al enfrentarse al guion de Avatar: incredulidad absoluta. “Esto es imposible. No hay nada en esta página que se pueda hacer”, pensó entonces. Años después, al ver el resultado, la sensación fue opuesta: asombro puro. Esa misma lógica atraviesa Fuego y ceniza, una película que Weaver define menos como ciencia ficción y más como una aventura humana situada en contextos desconocidos, donde el espectáculo no está reñido con la emoción.
Uno de los aspectos que más destaca es el uso del performance capture, una tecnología que al principio le resultó incómoda —“solo pensaba en lo mucho que pesaba el casco”—, pero que terminó liberándola creativamente. Para Weaver, lejos de alejar al actor de su esencia, este proceso la potencia: “Te conviertes en algo distinto… es un poco como Peter Pan creyendo que puedes volar”. La tecnología, en manos adecuadas, no sustituye la interpretación: la amplifica.
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Cuando habla de la nueva entrega, Weaver deja una frase que resume su entusiasmo: “Todo el mundo debería ir al cine dos veces. Una para ver la película y otra para ver el espectáculo. No creo que puedas decir eso de muchas películas”. No es una consigna publicitaria, sino una declaración de fe en un tipo de cine que todavía cree en la experiencia colectiva de la sala oscura.
A sus casi 75 años, Weaver sigue abordando su oficio desde la curiosidad y la vulnerabilidad. Reconoce que la inseguridad la ha acompañado desde el inicio y que aprender a convivir con ella ha sido clave para mantenerse en movimiento. Quizá por eso su presencia sigue resultando tan sólida: no actúa desde la certeza, sino desde el riesgo. Avatar: Fuego y ceniza no es solo una nueva entrega de una franquicia exitosa, sino la confirmación de que, para algunas figuras, el cine sigue siendo un territorio de exploración constante.