Violento, impredecible y profundamente humano, este anime convirtió el exceso en lenguaje y el caos en identidad.
Desde su estreno, Chainsaw Man dejó claro que no estaba interesado en jugar bajo las reglas tradicionales del anime de acción. Lo suyo no era el heroísmo, ni la épica, ni los discursos sobre salvar el mundo. Era otra cosa. Algo más sucio, más desesperado y, al mismo tiempo, extrañamente honesto. Por eso no sorprende que haya sido comparado una y otra vez con el cine de Quentin Tarantino: no solo por la violencia estilizada, sino por la forma en que convierte el exceso en una declaración estética.
Basado en el manga de Tatsuki Fujimoto, Chainsaw Man es una historia atravesada por la sangre, pero también por el deseo. Denji, su protagonista, no sueña con gloria ni con reconocimiento. Sueña con comer bien, dormir en una cama decente y tener a alguien que lo quiera. Es un antihéroe radicalmente contemporáneo, producto de la precariedad y el abandono, y ahí reside gran parte de la potencia de la serie. En un género acostumbrado a protagonistas grandilocuentes, Denji resulta incómodo por su pequeñez.
La violencia, tan comentada y a menudo malinterpretada, no es gratuita. Cada estallido de gore funciona como una extensión emocional del personaje: rabia, frustración, hambre, deseo. Chainsaw Man entiende el cuerpo como campo de batalla y lo expone sin filtros. No hay glamour en la mutilación, pero sí una estilización consciente que remite más al cine de explotación y al thriller moderno que al shōnen clásico.
Ahí es donde la comparación con Tarantino cobra sentido. La serie trabaja el montaje, el ritmo y el shock de forma cinematográfica. Hay silencios incómodos, cambios de tono abruptos, humor negro que aparece donde no debería y una sensación constante de imprevisibilidad. Chainsaw Man nunca avisa hacia dónde va, y eso la vuelve adictiva. Cada episodio parece construido como una pequeña pieza de cine, más que como un capítulo televisivo convencional.
El trabajo del estudio MAPPA fue clave para consolidar ese impacto. La apuesta estética es ambiciosa: encuadres poco habituales, uso expresivo del movimiento de cámara, una animación que no teme detenerse en lo cotidiano ni acelerar en el caos. El detalle de los endings distintos en cada episodio no es solo un capricho visual, sino una declaración de intenciones: esta es una obra que quiere dialogar con el lenguaje audiovisual en su totalidad.
La recepción fue tan polarizada como contundente. Chainsaw Man se convirtió rápidamente en uno de los títulos más vistos y comentados de Crunchyroll, al tiempo que generó rechazo entre quienes esperaban una experiencia más convencional. Pero esa división fue, en realidad, parte de su éxito. No es una serie diseñada para agradar a todos, sino para ser discutida, analizada y, en muchos casos, incomprendida.
Más allá del ruido, Chainsaw Man se consolidó como uno de los animes más influyentes de los últimos años porque se atrevió a romper con las expectativas. Bajo su capa de sangre y demencia hay una reflexión cruda sobre la soledad, el deseo y la necesidad de afecto en un mundo hostil. Como el mejor cine de Tarantino, incomoda, divierte y deja imágenes difíciles de olvidar.
No es solo un fenómeno viral. Es una obra que entendió que el anime podía hablar otro idioma, uno más cercano al cine contemporáneo, y hacerlo sin pedir permiso. Con eso, Chainsaw Man no solo rompió el internet: amplió los límites de lo que el anime mainstream puede ser.