Un cierre que incomodó, dividió a los fans y confirmó que esta historia nunca estuvo hecha para complacer.
Pocas series han marcado un antes y un después en el anime contemporáneo como Attack on Titan. Desde su estreno, la obra de Hajime Isayama se propuso incomodar, romper expectativas y obligar al espectador a replantearse categorías que parecían intocables: héroes, villanos, víctimas y culpables. Por eso, cuando llegó su final, la reacción no podía ser otra que la controversia. No fue un cierre diseñado para cerrar heridas, sino para abrirlas del todo.
Hablar del final de Attack on Titan es hablar de una obra que se negó, hasta el último momento, a ser complaciente. La serie que comenzó como un relato de supervivencia terminó convertida en una reflexión amarga sobre la violencia, el poder y las consecuencias de las decisiones individuales llevadas al extremo. Ese viraje progresivo es clave para entender por qué su desenlace dividió tanto a la audiencia: muchos esperaban una recompensa emocional tradicional; Isayama optó por una conclusión incómoda, coherente con todo lo que había construido antes.
En términos industriales, Attack on Titan transformó la manera en que el anime fue consumido y discutido a nivel global. Popularizó una narrativa serial compleja, cargada de ambigüedad moral y con una disposición poco habitual a sacrificar personajes y certezas. Su final, en ese sentido, no podía ser convencional. Cerrar una historia así con un gesto tranquilizador habría significado traicionar su espíritu. La polémica no es un accidente: es parte del diseño.
Uno de los puntos más debatidos del cierre tiene que ver con la figura de Eren Yeager. Sin entrar en spoilers, basta decir que la serie completa se construye sobre la erosión del protagonista como figura heroica. El final termina de confirmar esa apuesta, desmontando cualquier lectura simplista del personaje. Para muchos espectadores, ese quiebre fue difícil de aceptar; para otros, fue precisamente lo que elevó la obra a otro nivel. Attack on Titan no ofrece respuestas fáciles ni absoluciones cómodas.
El desenlace también insiste en una idea que atraviesa toda la serie: la libertad tiene un costo, y no siempre es uno que pueda justificarse. La violencia, incluso cuando nace del miedo o la opresión, deja marcas irreparables. Isayama se rehúsa a moralizar desde una posición segura y prefiere dejar al espectador frente a preguntas que no tienen solución clara. Esa falta de catarsis es, para muchos, el mayor gesto de honestidad del final.
Terminar Attack on Titan no es una experiencia reconfortante, pero sí necesaria. Es una obra que exige ser vista completa para entender su alcance real, incluso —y sobre todo— cuando su desenlace incomoda. Que siga generando debates encendidos es la prueba de su impacto. Más que cerrar una historia, su final confirmó algo esencial: el anime también puede ser un espacio para la incomodidad, la contradicción y las preguntas sin respuesta. Y eso, en sí mismo, ya cambió la industria.