Cuando Deep Water llegó a las plataformas, lo hizo rodeada de desconfianza. Parte de la crítica la calificó de anticuada, otros no supieron muy bien cómo leer su tono y muchos se quedaron únicamente con el morbo del romance real entre Ben Affleck y Ana de Armas. Sin embargo, vista con distancia, la película dirigida por Adrian Lyne —uno de los grandes nombres del thriller erótico de los años noventa— revela una propuesta mucho más incómoda de lo que aparenta a simple vista.
Basada en la novela homónima de Patricia Highsmith, Deep Water se construye alrededor de un pacto matrimonial tan perverso como fascinante: ella puede ser infiel, siempre y cuando no se hable de ello; él acepta el acuerdo, pero algo en su silencio comienza a resultar inquietante. Desde ahí, la película despliega una tensión constante que no depende del sobresalto, sino de la incomodidad.
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Lyne vuelve al terreno que mejor conoce: relaciones atravesadas por el deseo, el poder y la manipulación. Pero aquí no hay explosiones emocionales ni villanos evidentes. El personaje de Affleck es un hombre contenido, casi invisible, cuya pasividad se convierte poco a poco en amenaza. Su frialdad desconcierta tanto a quienes lo rodean como al espectador, y en ese juego de ambigüedades reside buena parte del suspenso.
Ana de Armas, por su parte, encarna el deseo como fuerza desestabilizadora. Su personaje no es ingenuo ni víctima clásica: provoca, seduce y rompe las reglas con una naturalidad que incomoda. La película no la absuelve ni la condena del todo, sino que la presenta como una pieza más de una relación profundamente enferma. El erotismo aquí no es decorativo; es un instrumento narrativo que expone la fragilidad del pacto matrimonial.
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Uno de los aspectos más interesantes de Deep Water es cómo retrata el matrimonio como un espacio de violencia silenciosa. No hay gritos ni golpes visibles, pero sí un desgaste constante, una sensación de amenaza latente que se filtra en cada escena. El hogar, lejos de ser refugio, se convierte en un territorio hostil donde cada gesto parece medido y cada palabra, peligrosa.
La recepción crítica fue dura en su estreno. Se le acusó de no entender los códigos contemporáneos y de aferrarse a un género considerado obsoleto. Sin embargo, con el paso del tiempo, Deep Water ha empezado a ser reevaluada como una rareza fascinante: una película que no encaja del todo en su época, pero que precisamente por eso resulta provocadora.
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Hoy, más que un thriller erótico fallido, Deep Water se siente como un experimento incómodo sobre el control, el deseo y la toxicidad emocional. No busca agradar ni ofrecer moralejas claras. Prefiere incomodar, dejar preguntas abiertas y mostrar que, a veces, los acuerdos más civilizados pueden esconder las dinámicas más peligrosas.