Era imposible agradar a todos: El final de 'Stranger Things' nos deja uno de los momentos más importantes de la década
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Tras casi una década en el aire, la serie se despide con un episodio que no buscó sorprender a todos, sino cerrar su historia con coherencia emocional.

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Tras una espera larga —y cargada de expectativas casi imposibles de satisfacer—, los hermanos Duffer finalmente entregaron el episodio final de Stranger Things. Un desenlace de más de dos horas que, fiel al espíritu de la serie, mezcla nostalgia, acción, romance y horror, y que ha logrado exactamente lo que parecía inevitable: dividir a su audiencia.

El cierre, estrenado el 31 de diciembre de 2025, no fue el estallido épico que algunos esperaban. No hubo un final grandilocuente al estilo Marvel ni una sucesión incesante de giros diseñados para romper el internet. Y, quizá por eso mismo, el episodio final de Stranger Things se siente honesto con la historia que venía contando desde 2016. Mientras una parte del público han reclamado más riesgo, más muerte o más espectáculo, otros quedamos satisfechos con un final sobrio, emocionalmente coherente y profundamente humano.

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Fiel a su narrativa, la serie se despide apostando por lo que siempre hizo mejor: el desarrollo de sus personajes. El alivio fue inmediato al comprobar que Steve Harrington —uno de los más queridos por la audiencia— no terminó convertido en sacrificio narrativo. En tiempos donde matar personajes parece sinónimo de valentía creativa, Stranger Things eligió otro camino: respetar el crecimiento de quienes habían llegado hasta allí.

El cierre del arco de Eleven, por su parte, es uno de los puntos más sólidos del episodio. No hubo coronación heroica ni martirio innecesario. No hacía falta. Todo comenzó con ella en Hawkins, y todo debía terminar de la misma manera: devolviéndola a su centro, a su humanidad. Lejos de convertirla en un símbolo vacío, la serie entendió que su fuerza siempre estuvo en su fragilidad y en su derecho a tener una vida más allá del trauma.

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Ver crecer a Eleven, Mike, Will, Dustin, Lucas, Max y compañía ha sido, sin exagerar, uno de los grandes lujos de esta década televisiva. El final entiende eso y se permite despedirse con calma. A algunos personajes los dejamos atrás; a otros los abrazamos simbólicamente, deseándoles un futuro mejor del que les tocó vivir. No todos tienen finales felices, pero todos tienen algo que la serie considera fundamental: una oportunidad de seguir viviendo.

La música vuelve a ser protagonista absoluta, como lo ha sido desde la primera temporada. Las referencias culturales al cine de los años 80 aparecen sin caer en el exceso, recordándonos que Stranger Things siempre fue una carta de amor al cine, a la televisión y a una forma de contar historias que pone la emoción por encima del cinismo. Y en ese universo, Vecna —interpretado con una intensidad admirable por Jamie Campbell Bower— se consolida como uno de los grandes villanos de la televisión moderna.

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La crítica ha sido clara en algo: este final no es perfecto, pero sí coherente. Algunos lo consideran conservador; otros, profundamente satisfactorio. Pero si algo queda claro es que Stranger Things no tomó salidas apresuradas ni traicionó su esencia para complacer a todos. Y quizá ahí radique su mayor acierto.

Hoy quedamos huérfanos de Hawkins y de su mundo extraño. Pero también sabemos que, cuando decidamos volver, la experiencia seguirá intacta. Porque eso es lo que deja Stranger Things: la posibilidad de regresar, una y otra vez, a un lugar que ya forma parte de la historia cultural de esta época.

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