Más sádica que nunca: la serie coreana que regresó para arruinarte los nervios este fin de semana
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

La competencia vuelve, pero ya no hay sorpresa: solo miedo, control y una violencia que se siente más cercana.

Netflix

Cuando El juego del calamar se estrenó, el impacto fue inmediato. Nadie esperaba que una serie coreana, brutal y alegórica, se convirtiera en un fenómeno global capaz de cruzar idiomas, edades y culturas. La segunda temporada llega con una carga distinta: ya no hay ingenuidad, ya no hay descubrimiento. El espectador sabe a qué se enfrenta, y la serie también. Por eso, en lugar de suavizar su propuesta, decide radicalizarla.

Desde sus primeros episodios, la temporada 2 deja claro que no está interesada en repetir la fórmula. Los juegos regresan, sí, pero el tono es más oscuro y la violencia más psicológica. Aquí el horror no proviene únicamente de las reglas absurdas o de la amenaza física, sino de la certeza de que todo está diseñado para quebrar. Los participantes ya no entran por curiosidad o desesperación ciega: entran sabiendo que el precio puede ser definitivo.

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Uno de los grandes aciertos de esta nueva entrega es la forma en que profundiza en la idea del control. La serie amplía su mirada sobre quienes organizan el espectáculo y refuerza la sensación de vigilancia constante. Cada decisión parece observada, cada error castigado. La puesta en escena es más fría, más calculada, y eso aumenta la tensión. El juego del calamar ya no se limita a mostrar la crueldad del sistema: la vuelve asfixiante.

Narrativamente, la segunda temporada se beneficia de un ritmo más ajustado. No hay episodios de transición ni subtramas innecesarias. Cada capítulo empuja la historia hacia adelante y mantiene una ansiedad sostenida que hace difícil detenerse. La serie entiende que su mayor fortaleza está en la incomodidad, en esa sensación de que algo está a punto de romperse en cualquier momento.

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El juego del calamar temporada 2 no pretende recuperar el factor sorpresa que la hizo famosa. Su apuesta es otra: demostrar que aún puede ser incómoda, perturbadora y relevante. Puede que no todos salgan ilesos de esta nueva ronda, ni dentro ni fuera de la pantalla, pero justamente ahí reside su potencia. Pocas series se atreven a tensar tanto los nervios del espectador. Esta lo hace sin pedir permiso.

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