Si te gustan las distopías realistas, analiza esta obra maestra visual para ver una de las mejores secuencias de plano secuencia jamás filmadas en una zona de guerra
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Una película que no imagina el futuro con gadgets, sino con miedo, caos y una humanidad al borde del colapso.

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En Children of Men, Alfonso Cuarón no construye una distopía a partir de avances tecnológicos ni mundos irreconocibles. Su apuesta es mucho más perturbadora: un futuro que se parece demasiado al presente. Estrenada en 2006, la película imagina un mundo donde la humanidad ha dejado de reproducirse, pero el verdadero colapso no es biológico, sino social, político y moral. La infertilidad es solo el síntoma visible de una civilización que ha perdido la capacidad de cuidar al otro.

La historia se sitúa en un Reino Unido convertido en fortaleza autoritaria, donde los refugiados son perseguidos, encerrados y tratados como amenazas internas. No hay discursos grandilocuentes ni explicaciones innecesarias: la información se filtra a través del entorno, de los grafitis, de las jaulas humanas y del ruido constante de un mundo que ya no cree en el futuro. Children of Men confía en la inteligencia del espectador y lo obliga a observar.

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Clive Owen interpreta a Theo, un hombre cansado, apático, que sobrevive más por inercia que por convicción. Su viaje no responde al arco clásico del héroe, sino al de alguien que ha perdido toda fe y se ve empujado, casi a la fuerza, a involucrarse. La película evita idealizarlo: Theo no es valiente por naturaleza, lo es por necesidad. Esa humanidad imperfecta es clave para que el relato resulte tan cercano.

Desde lo formal, Children of Men es una clase magistral de lenguaje cinematográfico. Cuarón y el director de fotografía Emmanuel Lubezki apuestan por una puesta en escena que privilegia la continuidad, la inmersión y el caos controlado. La cámara no observa desde lejos: acompaña, se ensucia, corre y se esconde junto a los personajes. El espectador no contempla el horror, lo atraviesa.

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La secuencia más célebre de la película —el plano secuencia en medio de una zona de guerra urbana— no es solo un prodigio técnico, sino una decisión narrativa profundamente ética. Al eliminar los cortes, la escena obliga a vivir la violencia sin respiro, sin distancia ni alivio. No hay música que embellezca el caos ni montaje que lo suavice. Cada disparo, cada grito y cada movimiento refuerzan la sensación de estar atrapados en un conflicto que no ofrece salida clara.

Pero reducir Children of Men a su virtuosismo técnico sería injusto. La película es, ante todo, un comentario político feroz. La xenofobia, la militarización, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y la normalización del horror atraviesan cada escena. Vista hoy, su lectura resulta inquietantemente profética, no porque haya anticipado eventos específicos, sino porque entendió hacia dónde podían derivar ciertas dinámicas sociales.

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A pesar de su tono sombrío, no es una película nihilista. La esperanza existe, pero es frágil, vulnerable y casi silenciosa. No llega como un discurso salvador, sino como un gesto mínimo que interrumpe la violencia por un instante. Esa pausa, breve y poderosa, es una de las imágenes más memorables del cine contemporáneo.

Con los años, Children of Men se ha consolidado como una de las grandes obras maestras del siglo XXI. No solo por su impacto visual, sino por su capacidad de incomodar, de interpelar y de recordarnos que el futuro no se construye con tecnología, sino con humanidad. Una película que no envejece, porque el mundo que retrata sigue, peligrosamente, entre nosotros.

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