Si te sientes estancado en la rutina, déjate inspirar por esta aventura visual para animarte de una vez por todas a comprar ese boleto de avión
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Una película que convierte el viaje en una sacudida emocional y recuerda que vivir no es imaginar, sino atreverse a dar el primer paso.

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Walter Mitty no sueña con salvar el mundo: sueña con no desaparecer en él. Ese matiz, aparentemente pequeño, es lo que vuelve tan particular a La vida secreta de Walter Mitty, una película que no arranca con explosiones ni promesas épicas, sino con la quietud incómoda de alguien que ha aprendido a observar la vida desde la barrera. Ben Stiller construye aquí una historia sobre el punto exacto en el que mirar deja de ser suficiente.

La película sitúa a su protagonista en un espacio reconocible para cualquiera que haya sentido que los días se repiten sin dejar huella. Walter trabaja en una revista que se apaga lentamente, se mueve por oficinas impersonales y atraviesa la rutina con una mezcla de docilidad y melancolía. Sus fantasías no son grandiosas por exceso, sino por carencia: son la respuesta a todo lo que no se atreve a vivir. Y ahí está el verdadero conflicto de la historia.

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Cuando el viaje aparece, no lo hace como recompensa, sino como empujón. La vida secreta de Walter Mitty entiende el desplazamiento como una forma de ruptura: salir del espacio conocido para enfrentarse a lo imprevisible. Islandia, Groenlandia, el Himalaya y otros escenarios reales no funcionan como postales turísticas, sino como territorios que exigen presencia, decisión y riesgo. El mundo se vuelve enorme justo cuando el personaje deja de imaginarlo.

Captura de pantalla

Desde lo visual, la película es una invitación constante a levantar la mirada. La fotografía de Stuart Dryburgh privilegia los espacios abiertos, los contrastes de color y la sensación de amplitud como oposición directa al encierro mental del protagonista. Hay secuencias que parecen diseñadas para quedarse en la memoria colectiva: el skate por carreteras imposibles, el salto al vacío, el silencio de la montaña. No por su espectacularidad, sino por lo que representan emocionalmente.

La música refuerza esa transformación interna. Canciones de Of Monsters and Men, Arcade Fire y José González no subrayan el relato, lo acompañan desde una sensibilidad melancólica que evita el tono épico fácil. Cada tema funciona como un estado de ánimo, marcando el tránsito entre la contemplación y la acción, entre el miedo y la decisión.

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Con el paso de los años, La vida secreta de Walter Mitty ha sido revalorizada como una película que llegó antes de tiempo. Su mensaje resulta hoy más pertinente que nunca. No propone abandonar todo ni cambiar de vida de forma radical, sino algo más complejo: estar realmente presente.

La vida secreta de Walter Mitty no te dice qué hacer con tu vida. Te muestra, con una calma engañosa, lo que ocurre cuando decides no hacer nada. Y a veces, esa revelación es más poderosa que cualquier discurso inspirador.

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