Estrenada con expectativas moderadas y una recepción comercial discreta, esta comedia de detectives dirigida por Shane Black terminó convirtiéndose, casi en silencio, en una de esas joyas que el boca a boca rescata años después. No porque fuera incomprendida, sino porque llegó en el momento equivocado.
Ambientada en el Los Ángeles de los años setenta, The Nice Guys sigue a dos investigadores privados tan incompetentes como carismáticos: Jackson Healy, un matón de métodos expeditivos interpretado por Russell Crowe, y Holland March, un detective torpe, ansioso y deliciosamente patético encarnado por Ryan Gosling. Desde su primer encuentro, queda claro que la historia no depende tanto del misterio que deben resolver como de la fricción constante entre ambos.
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La gran virtud de la película es su química actoral. Crowe y Gosling juegan a desarmar sus propias imágenes públicas: el primero abandona cualquier aura de solemnidad para abrazar el cansancio y la brutalidad absurda; el segundo se entrega sin pudor al grito histérico y al ridículo físico. Gosling, en particular, ofrece aquí uno de los trabajos más libres y divertidos de su carrera, demostrando un timing cómico que rara vez se le reconoce.
Detrás de cámara está Shane Black, un nombre fundamental del cine de acción y comedia de las últimas décadas. Guionista de Lethal Weapon y director de Kiss Kiss Bang Bang, Black entiende como pocos el ADN del buddy movie: diálogos rápidos, humor negro, personajes moralmente ambiguos y tramas que avanzan a golpe de ironía. The Nice Guys es heredera directa de esa tradición, pero sin nostalgia impostada.
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El contexto setentero no es un simple adorno estético. La película se mueve en un mundo atravesado por la corrupción, la pornografía industrial, las conspiraciones empresariales y el desencanto post-Watergate. Todo está ligeramente podrido, y la comedia surge precisamente de ese cinismo estructural. Aquí nadie es del todo bueno, ni siquiera los protagonistas, y la película se ríe de esa imposibilidad moral sin caer en el nihilismo.
Uno de los motivos por los que The Nice Guys fue ignorada en su momento tiene que ver con su identidad híbrida. No es una comedia familiar ni un thriller clásico; tampoco se toma lo suficientemente en serio como para venderse como cine “prestigioso”. Sin embargo, esa indefinición es hoy su mayor fortaleza. Vista a la distancia, se siente fresca, deslenguada y sorprendentemente elegante en su construcción.
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El humor, tanto verbal como físico, sigue funcionando porque nace de los personajes y no de chistes forzados. Hay caídas, golpes, malentendidos y diálogos afilados, pero todo responde a una lógica interna muy clara. Shane Black confía en la inteligencia del espectador y no explica de más, permitiendo que la comedia fluya con naturalidad.
The Nice Guys es, en definitiva, una película perfecta para redescubrir. Una comedia de detectives con alma clásica, dos estrellas dispuestas a burlarse de sí mismas y un ritmo que no da tregua. Si en 2016 pasó injustamente desapercibida, hoy se disfruta como lo que siempre fue: una de las propuestas más divertidas y sólidas del cine comercial reciente. Ideal para reírse sin culpa y reconciliarse con el placer del cine bien escrito.