Para ver en HBO Max: La serie corporativa que te atrapará con sus diálogos afilados y el lujo silencioso de los millonarios
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Una ficción sobre poder, familia y dinero que no presume su riqueza, pero la convierte en un arma narrativa tan elegante como despiadada.

HBO Max

Hablar de Succession como “la serie de los millonarios” es quedarse en la superficie. Disponible completa en HBO Max, la creación de Jesse Armstrong es, ante todo, una radiografía incómoda del poder corporativo contemporáneo y de las dinámicas familiares que lo sostienen. Aquí, el dinero no es una meta ni un premio: es el aire que se respira, una condición dada que no garantiza felicidad, sentido ni estabilidad emocional.

La historia gira en torno a los Roy, propietarios de un gigantesco conglomerado mediático, pero la serie evita desde el inicio cualquier tentación de glamour excesivo. No hay música épica ni planos que celebren la opulencia. El lujo en Succession es silencioso, casi clínico: oficinas minimalistas, yates donde nadie parece disfrutar del mar, helicópteros que funcionan como taxis cotidianos. Todo es caro, pero nada resulta verdaderamente deseable.

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Los diálogos como campo de batalla

Si algo define a Succession, es su escritura. Los diálogos son rápidos, venenosos y profundamente precisos. Cada conversación es una negociación encubierta, un duelo verbal donde se mide quién domina a quién en ese preciso instante. Los insultos no son gratuitos: funcionan como herramientas de poder, como recordatorios constantes de jerarquías que cambian de un episodio a otro.

Jesse Armstrong construye un lenguaje propio para la serie, cargado de ironía, humor negro y crueldad elegante. No hay discursos explicativos ni subrayados morales. Todo se dice entre líneas, en frases cortantes que revelan más de los personajes que cualquier monólogo confesional. Succession exige atención, pero recompensa con creces a quien se deja atrapar por su ritmo verbal.

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El lujo que asfixia

A diferencia de otras ficciones sobre élites económicas, Succession entiende que el verdadero impacto del dinero no está en mostrar cuánto hay, sino en cómo condiciona cada gesto. El lujo aquí no deslumbra: oprime. Los espacios son amplios, pero fríos; los objetos, impecables, pero impersonales. Nada tiene historia emocional, porque todo puede ser reemplazado.

Esta estética refuerza una idea central: cuando todo es accesible, nada es realmente valioso. El dinero deja de ser una promesa de libertad y se convierte en una jaula sofisticada. Los personajes se mueven entre privilegios extremos, pero parecen permanentemente incómodos, incapaces de habitar el mundo con ligereza.

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Una familia rota por el poder

En el centro de la serie está Logan Roy, interpretado con brutal precisión por Brian Cox. Patriarca autoritario, manipulador y contradictorio, Logan no solo dirige una empresa: gobierna emocionalmente a sus hijos. Kendall, Shiv, Roman y Connor no compiten únicamente por el control del imperio, sino por una forma mínima de reconocimiento afectivo.

Succession no ofrece héroes ni redenciones fáciles. Todos los personajes están dañados, y la serie se interesa más por sus contradicciones que por sus posibles redenciones. El poder, aquí, no se hereda sin consecuencias: se transmite como una herida abierta.

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Una serie que confía en el espectador

Quizá uno de los mayores méritos de Succession sea su negativa a simplificar. No explica de más, no baja el ritmo para hacerse accesible y no ofrece moralejas evidentes. Es una serie que asume la inteligencia del espectador y lo invita a completar los silencios, a leer gestos, a entender el subtexto.

Por eso, más que una serie para ver de fondo, Succession es una experiencia que se disfruta con atención plena. Una ficción incómoda, afilada y profundamente contemporánea, donde el verdadero espectáculo no está en el dinero, sino en la forma en que el poder destruye todo lo que toca, incluso —y sobre todo— a quienes creen controlarlo.

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