Hay series que se ven y otras que se sienten. Euphoria, disponible en Max, pertenece con claridad a la segunda categoría. Desde su estreno, la creación de Sam Levinson se consolidó como uno de los dramas juveniles más comentados de los últimos años, no tanto por lo que cuenta —una historia de adolescencias rotas, adicciones y búsquedas identitarias—, sino por la forma en que decide contarlo. Euphoria no se limita a narrar conflictos: los convierte en imagen, color, música y textura.
La serie protagonizada por Zendaya propone un viaje inmersivo al caos emocional de sus personajes, encabezados por Rue Bennett, una adolescente marcada por la adicción y la incapacidad de encajar en un mundo que parece ir siempre demasiado rápido. Sin embargo, reducir Euphoria a su trama sería injusto. Su verdadero impacto está en la construcción de una atmósfera hipnótica, casi narcótica, donde cada plano parece diseñado para reflejar estados mentales más que acciones concretas.
HBO Max
Uno de los elementos más distintivos de la serie es el uso del maquillaje como lenguaje narrativo. Glitter, delineados imposibles, sombras saturadas y lágrimas brillantes funcionan como extensiones emocionales de personajes como Jules, Maddy o Cassie. Aquí, el rostro se convierte en un lienzo que expresa deseo, fragilidad, rabia o necesidad de validación. No es casualidad que Euphoria haya marcado tendencias en redes sociales y pasarelas: su estética no adorna la historia, la cuenta.
A nivel visual, la serie se apoya en una cinematografía que coquetea constantemente con lo onírico. Luces de neón, encuadres circulares, movimientos de cámara envolventes y una paleta cromática excesiva construyen un universo donde la realidad parece distorsionada, como vista a través de una lente emocional. Cada fiesta, cada pasillo de secundaria y cada habitación se sienten como espacios cargados de tensión interna, más cercanos a un estado mental que a un lugar físico reconocible.
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La música, a cargo de Labrinth, termina de sellar esa experiencia sensorial. Sus composiciones no funcionan como simples acompañamientos, sino como un pulso constante que intensifica la angustia, la euforia o el vacío que atraviesan los personajes. En muchos momentos, la banda sonora parece hablar cuando los protagonistas ya no pueden hacerlo, subrayando el carácter profundamente emocional de la serie.
Por supuesto, Euphoria no está exenta de polémica. Su representación explícita del sexo, las drogas y la violencia ha generado debates sobre el límite entre retrato crudo y exceso gratuito. Pero ahí radica también parte de su identidad: la serie no busca ser cómoda ni ejemplarizante. Levinson apuesta por mostrar una adolescencia desbordada, contradictoria y muchas veces incómoda, más cercana a una pesadilla estilizada que a un drama juvenil tradicional.
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Vista hoy, Euphoria sigue funcionando menos como un relato clásico y más como una experiencia audiovisual que exige dejarse llevar. No es una serie que se consuma de fondo ni que se mida únicamente por su arco narrativo. Su fuerza está en la capacidad de hipnotizar, de arrastrar al espectador a un estado emocional específico, incluso cuando la historia parece detenerse.
Para quienes buscan algo distinto dentro del catálogo de HBO Max, Euphoria sigue siendo una propuesta singular: un drama juvenil que entiende el exceso como forma de expresión y convierte cada episodio en un pequeño trance visual. No es para todos, pero para quienes conectan con su frecuencia, la experiencia resulta difícil de olvidar.