La nueva entrega de ‘Knives Out’ probablemente sea la mejor de todas y ya puedes verla en Netflix
Santiago Díaz Benavides
Lector, melómano, miope curioso y cinéfilo. Me dicen El Profesor. Vivo en Bogotá con mi prometida y dos perros.

Rian Johnson vuelve a jugar con el crimen como espectáculo reconfortante y entrega una película tan ingeniosa como deliciosamente tramposa.

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Hay películas que no buscan incomodar ni desafiar al espectador, sino algo mucho más difícil de lograr: hacerlo sentir a gusto durante más de dos horas sin perder la atención. La tercera entrega de la saga Knives Out pertenece a esa rara categoría. Lo nuevo de Rian Johnson es, ante todo, una experiencia de confort cinematográfico, una de esas historias que se disfrutan como una bebida caliente en una tarde fría. Y no, eso no es un reproche. Al contrario: es su mayor virtud.

Johnson abraza sin pudor el llamado cosy crime, ese subgénero del misterio donde el asesinato es casi una excusa narrativa para desplegar personajes extravagantes, diálogos ingeniosos y escenarios que parecen sacados de una postal. Aquí hay de todo: una iglesia gótica, un bosque inquietante, un pueblo pequeño lleno de secretos y rencores enquistados, y frases que rozan lo teatral sin perder encanto. La película sabe exactamente qué tono quiere y no se desvía de él ni un segundo.

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Daniel Craig vuelve como Benoit Blanc, aferrado a ese acento imposible que ya es marca registrada del personaje, una mezcla improbable entre Poirot y caricatura sureña. Pero si algo eleva esta tercera parte es su reparto coral, que funciona como un reloj perfectamente sincronizado. Josh Brolin encarna a un sacerdote apocalíptico; Glenn Close es una ama de llaves tan temible como fascinante; Jeremy Renner da vida a un médico entregado a la autodestrucción; Andrew Scott interpreta a un escritor en caída libre; Kerry Washington aporta filo y precisión como abogada; y Cailee Spaeny emociona como una violonchelista en silla de ruedas que espera un milagro que no llega. Todos tienen su momento, y ninguno sobra.

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El crimen, como manda la tradición, ocurre en el peor momento posible: durante una misa de Viernes Santo. El asesinato del monseñor Jefferson Wicks activa un rompecabezas que se despliega a toda velocidad, apoyado en pistas tan absurdas como brillantes: una cabeza de lobo, un hilo rojo, un ruido metálico aparentemente trivial y una interferencia en una vieja cinta VHS. Johnson se divierte retorciendo cada elemento hasta convertirlo en parte de un mecanismo mayor, uno que solo cobra sentido cuando Blanc decide explicarlo todo con paciencia quirúrgica.

La resolución es tan elaborada como tramposa, un homenaje explícito a los grandes enigmas de habitación cerrada, en especial El hombre hueco de John Dickson Carr. Aquí no se trata solo de descubrir quién fue el culpable, sino de entender cómo se construyó el engaño, cómo cada gesto aparentemente insignificante estaba calculado al milímetro. Es cine de artificio consciente, orgulloso de serlo.

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¿Tiene fallas? Claro. Hay decisiones narrativas que rozan el deus ex machina y detalles que se aceptan más por simpatía que por lógica. Pero Johnson parece saberlo y seguir adelante sin complejos. Esta no es una película que quiera ser realista: quiere ser entretenida, ingeniosa y, sobre todo, memorable.

Al final, Knives Out 3 confirma algo que ya intuíamos: Benoit Blanc es uno de los detectives más carismáticos del cine reciente y Rian Johnson ha encontrado en esta saga un espacio ideal para jugar, homenajear y divertirse. Y pocas cosas se agradecen tanto como una película que disfruta siendo exactamente lo que es.

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