Cuando Reclutas llegó al catálogo de Netflix, parecía destinada a pasar sin demasiada bulla entre los estrenos de la plataforma. Sin embargo, en cuestión de días, la serie dejó de ser solo una dramedy ambientada en el mundo militar para convertirse en un tema de conversación incómodo, político y profundamente polarizante. El tipo de ruido que pocas producciones logran generar y que, paradójicamente, suele jugar tanto a favor como en contra.
Inspirada en las memorias The Pink Marine de Greg Cope White, la serie sigue a Cameron Cope, un joven que se enrola en el entrenamiento básico de los Marines junto a su mejor amigo mientras intenta ocultar su homosexualidad en un entorno marcado por la rigidez, la disciplina y la mirada constante del otro. En ese camino conoce al capitán Liam Sullivan, un oficial con más experiencia, también gay, que entiende mejor que nadie el costo emocional de sobrevivir en silencio dentro de una institución que no siempre está preparada para la diferencia. Reclutas no busca épica ni heroísmo tradicional: su apuesta está en lo íntimo, en la identidad y en las fisuras del deber.
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Ese enfoque fue precisamente el detonante de la controversia. A pocos días de su estreno, la serie recibió un ataque frontal desde una de las instancias menos habituales: el Pentágono. Voceros del Departamento de Defensa de Estados Unidos calificaron la producción como “basura woke”, acusándola de distorsionar la imagen de las fuerzas armadas y de empujar una agenda ideológica incompatible con los valores que, según ellos, representan al ejército moderno. El resultado fue inmediato y predecible: más atención, más reproducciones y una discusión pública que excedió por completo el terreno del entretenimiento.
Mientras la crítica especializada destacaba la sensibilidad del relato y el público la defendía como una de las propuestas más humanas del año dentro del género militar, Reclutas se transformó en un campo de batalla simbólico sobre representación, poder y quién tiene derecho a contar ciertas historias. A esto se sumó un elemento histórico: la serie es el último trabajo televisivo acreditado de Norman Lear, una figura legendaria de la televisión estadounidense, conocido por incomodar al statu quo desde la comedia y el drama durante décadas.
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Y, sin embargo, nada de eso fue suficiente. Netflix decidió cancelar Reclutas tras una sola temporada. La noticia cayó como un balde de agua fría para quienes ya daban por sentada una continuación, respaldados por la conversación en redes y el respaldo crítico. Pero la plataforma volvió a demostrar que, en su lógica interna, la controversia no siempre se traduce en sostenibilidad a largo plazo, especialmente cuando el contenido se vuelve políticamente espinoso.
Así, la respuesta a la pregunta es clara: no habrá segunda temporada. Reclutas se despide dejando una sensación agridulce, como esas series que llegan para incomodar, decir lo que otras no se atreven y marcharse antes de tiempo. Tal vez ese era su destino desde el principio. O tal vez, como suele pasar, llegó demasiado pronto para un sistema que todavía no sabe muy bien cómo lidiar con historias que se salen del molde.