Volver a Macondo no es tan largo como podría parecer. La primera temporada de Cien años de soledad, la ambiciosa adaptación de Netflix de la obra de Gabriel García Márquez, está compuesta por ocho episodios que, aunque densos en contenido y personajes, conforman una experiencia perfectamente asumible en términos de tiempo. Para quienes quieran ponerse al día antes de la llegada de la segunda temporada, el cálculo es más sencillo de lo que muchos imaginan.
Cada episodio tiene una duración aproximada de entre 60 y 70 minutos. Tomando un promedio realista de 65 minutos por capítulo, ver la temporada completa implica invertir alrededor de 520 minutos frente a la pantalla. Traducido a horas, eso equivale a 8 horas y 40 minutos en total. Es decir, menos de nueve horas para recorrer el nacimiento, auge y primeras fracturas de la familia Buendía en su pueblo mítico.
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En términos prácticos, esto significa que la serie puede verse completa en un solo día si se opta por una maratón exigente, aunque no necesariamente recomendable por la carga narrativa que maneja. Una opción más cómoda es dividirla en dos noches, con cuatro episodios por jornada, o incluso adoptar un ritmo más pausado de un capítulo diario durante poco más de una semana. La serie no exige velocidad, sino atención.
Y es que Cien años de soledad no es una producción pensada para el consumo acelerado. Su fuerza está en los detalles, en las relaciones entre generaciones, en los silencios y en la manera en que lo cotidiano convive con lo extraordinario. Volver a verla —o verla por primera vez— implica reencontrarse con una historia que se beneficia de la pausa y la reflexión, más que del impulso del “siguiente episodio”.
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Netflix ya tiene previsto estrenar la segunda temporada (o segunda parte) en agosto de 2026, lo que deja un margen amplio para retomar la historia sin presión. Desde ahora, hay meses suficientes para revisitar Macondo con calma, refrescar nombres, vínculos y acontecimientos clave antes de que la saga de los Buendía continúe y cierre su arco narrativo en pantalla.
Así, ponerse al día con Cien años de soledad no es una tarea titánica ni una deuda pendiente imposible de saldar. Es, más bien, una invitación manejable a regresar a uno de los universos más importantes de la literatura latinoamericana, esta vez traducido al lenguaje de la televisión, y a hacerlo con el tiempo que la historia merece.