El inolvidable Mr. Bean, Rowan Atkinson, camina por el mundo como si pidiera disculpas antes de provocar el desastre. Lo hace desde hace décadas y, aun así, sigue funcionando. En Hombre vs Bebé, su nueva miniserie para Netflix, retoma esa figura torpe, prudente y bienintencionada que nunca termina de encajar del todo, pero lo hace en un escenario distinto: la Navidad. No hay aquí grandes aspiraciones ni fuegos artificiales narrativos, solo una sucesión de pequeños conflictos cotidianos que, puestos en manos equivocadas, se convierten en una cadena inevitable de accidentes.
La serie continúa el camino iniciado con Hombre vs Abeja (2022), recuperando a Trevor Bingley, un hombre separado, endeudado y emocionalmente a la deriva. Esta vez, su aparente refugio es un colegio donde trabaja como conserje, hasta que una nueva oferta laboral lo devuelve a su antiguo oficio: cuidar un lujoso ático londinense durante las fiestas. El giro llega cuando, por accidente, queda a cargo de un bebé abandonado temporalmente, un elemento silencioso pero decisivo que empuja a Trevor a situaciones cada vez más absurdas.
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La premisa es mínima y la serie no intenta ocultarlo. Hombre vs Bebé se compone de cuatro episodios de unos treinta minutos que podrían verse, sin problema, como una película fragmentada. El humor nace de tareas básicas —cambiar pañales, preparar biberones, lograr que el bebé duerma— enfrentadas a la absoluta ineptitud del protagonista. No hay exageración forzada: basta un llanto inoportuno, una puerta mal cerrada o un paseo por el ático para que todo empiece a desmoronarse con una lógica interna sorprendentemente coherente.
El gran cambio respecto a producciones anteriores es el tono. Aquí predomina una atmósfera navideña amable, casi doméstica, donde el caos nunca se vuelve destructivo del todo. Las luces, la ciudad decorada y el espíritu familiar suavizan los gags físicos, que apuestan más por la ternura que por la demolición sistemática del entorno. Esto puede sentirse, para algunos, como una pérdida de frescura o riesgo, pero también es lo que permite que la serie respire con calma y se deje ver sin esfuerzo.
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Atkinson no busca reinventarse. Su interpretación es reconocible, pero no perezosa: hay una fragilidad nueva en Trevor, una necesidad genuina de hacerlo bien aunque el mundo se empeñe en funcionar al revés. Basta verlo caminar con el bebé en brazos para entender por qué su comedia sigue teniendo efecto. No provoca carcajadas constantes, pero sí una sonrisa sostenida, acompañada de cierta melancolía.
Hombre vs Bebé no pretende ser un acontecimiento televisivo ni un regreso triunfal. Funciona, más bien, como una compañía ligera para estos días: una comedia pequeña, entrañable y consciente de sus límites. En tiempos de historias grandilocuentes, hay algo reconfortante en ver a un personaje perder el equilibrio, recomponerse y seguir adelante. Incluso —o sobre todo— cuando no sabe muy bien cómo llegó hasta ahí.