Lejos de ofrecer respuestas fáciles, esta película propone una discusión incómoda sobre el poder, el amor y los límites de criar desde la convicción absoluta.
Cuando Captain Fantastic se estrenó en 2016, gran parte de la conversación giró alrededor de una pregunta simplificada: ¿es mejor la educación alternativa que el sistema tradicional? Con el paso del tiempo, esa lectura se ha quedado corta. Vista hoy, la película escrita y dirigida por Matt Ross se revela como algo mucho más complejo y menos complaciente: no un manifiesto ideológico, sino una reflexión incómoda sobre la paternidad, el duelo y el peligro de convertir una buena idea en un dogma.
La historia sigue a Ben Cash, interpretado por un extraordinario Viggo Mortensen, un padre que decide criar a sus hijos lejos de la civilización, en medio del bosque, bajo un régimen educativo extremo que privilegia el pensamiento crítico, el conocimiento profundo y la autosuficiencia. En la superficie, el planteamiento resulta seductor: niños brillantes, físicamente preparados y capaces de cuestionar el mundo que los rodea. Pero Captain Fantastic nunca se conforma con esa postal.
Conforme avanza el relato, queda claro que el verdadero conflicto no es pedagógico, sino emocional. La crianza radical de Ben no surge únicamente de una convicción política o filosófica, sino de un duelo mal procesado y de un miedo profundo a perder el control. La educación se convierte en su escudo, en la forma que encuentra para proteger a sus hijos —y a sí mismo— de un mundo que percibe como hostil y corrupto.
Ahí es donde la película se vuelve verdaderamente interesante. Ben no es presentado como un héroe iluminado ni como un villano autoritario. Es un hombre brillante, amoroso y, al mismo tiempo, profundamente ciego a sus propias contradicciones. Ama a sus hijos, pero también los usa como extensión de su proyecto personal. Los prepara para pensar por sí mismos, pero les niega la posibilidad de elegir cuándo y cómo hacerlo.
Este matiz es uno de los aspectos que mejor han envejecido con el tiempo. En una década marcada por el agotamiento parental, la desconfianza hacia las instituciones y el auge de modelos de crianza extremos, Captain Fantastic dialoga de forma sorprendentemente actual con debates que hoy ocupan el centro de la conversación pública. La película no se burla del sistema tradicional ni idealiza el aislamiento: expone los excesos de ambos.
El guion, cargado de diálogos inteligentes y momentos de humor incómodo, refuerza esa ambigüedad. Cada enfrentamiento con el mundo exterior —la familia extendida, la escuela, las normas sociales— pone en evidencia que no existe un modelo puro ni una respuesta definitiva. Todo sistema, incluso el más bien intencionado, puede volverse opresivo cuando se aplica sin matices.
El final, tan debatido en su momento, también gana fuerza con la distancia. Lejos de ser una rendición o una traición al espíritu de la historia, funciona como un gesto de conciliación. No hay vencedores ni derrotados, solo un reconocimiento doloroso pero necesario: criar también implica ceder, escuchar y aceptar que el amor no siempre sabe lo que es mejor.
Captain Fantastic no ofrece recetas ni soluciones cerradas. Su mayor virtud está en incomodar, en obligar al espectador a cuestionar no solo el sistema educativo, sino la idea misma de control en la crianza. Es cine alternativo en el mejor sentido: aquel que confía en la inteligencia del público y entiende que las preguntas, a veces, son mucho más valiosas que las respuestas.