Antes de que el cine de mafiosos se volviera un género en sí mismo, esta película ya había marcado todas las reglas.
Mucho antes de que las series de mafiosos dominaran la televisión y el cine criminal se convirtiera en un lenguaje reconocible, Goodfellas ya había definido las reglas del juego. Estrenada en 1990 y dirigida por Martin Scorsese, la película no solo cuenta una historia de crimen organizado: establece una forma de narrarlo que sigue siendo imitada hasta hoy.
Desde sus primeros minutos, Goodfellas deja claro que no está interesada en moralizar. La historia de Henry Hill no se presenta como una advertencia, sino como una seducción. El dinero fácil, el poder, el respeto y la pertenencia funcionan como motores narrativos. Scorsese convierte al espectador en cómplice, invitándolo a disfrutar del ascenso antes de mostrar, sin concesiones, la inevitable caída.
El ritmo es uno de los grandes logros de la película. Cada escena parece impulsada por una energía inagotable: la cámara se mueve con libertad, la música define épocas y estados de ánimo, y el montaje imprime una sensación de vértigo constante. No hay respiro, porque el mundo del crimen tampoco lo ofrece. Vivir rápido es parte del trato.
A diferencia de otras historias de mafiosos que buscan ennoblecer a sus protagonistas, Goodfellas apuesta por la ambigüedad. Sus personajes son carismáticos, violentos, encantadores y despiadados al mismo tiempo. No hay épica trágica ni códigos de honor idealizados. Lo que hay es una estructura criminal que devora incluso a quienes creen dominarla.
El impacto de la película en la cultura popular es incuestionable. Sin Goodfellas, sería imposible entender el cine posterior de Scorsese, pero también series como Los Soprano o películas que retratan el crimen desde la fascinación y el desencanto. Aquí nace una mirada que entiende el delito como espectáculo, pero también como condena.
Más de tres décadas después, Goodfellas no ha perdido vigencia. Su retrato del poder, la ambición y la caída sigue siendo tan hipnótico como incómodo. Verla hoy no es solo un ejercicio cinéfilo: es regresar al origen de un género para comprender por qué el cine criminal moderno sigue respirando al ritmo que Scorsese marcó para siempre.